Tenemos la capacidad de automatizar comportamientos y estrategias mentales, y precisamente eso es lo que nos permite seguir aprendiendo y evolucionando. Tras vivir una experiencia, la registramos en nuestro interior, y así podemos acceder a esa información cuando la necesitemos. Por ejemplo, cuando aprendemos algo nuevo, como tocar un instrumento, conducir, o realizar un deporte, la técnica con la que empezamos a aprender se va registrando en nuestra memoria, y eso hace que cada vez tengamos el movimiento más mecanizado (asociado también a estrategias mentales), y podamos pasar a corregir detalles cada vez más precisos. Por otro lado, nos cuesta el mismo esfuerzo aprender una técnica correcta y eficaz, que una incorrecta, ya que ambas se instalan con la repetición.

El proceso anterior sucede siempre que aprendemos algo nuevo, seamos conscientes del proceso o no, es decir, que a veces podemos estar pendientes conscientemente de algo pero a nivel inconsciente se nos está instalando otra información, por ejemplo podemos estar atendiendo como alumnos al profesor en clase, y a la vez en el inconsciente se nos está registrando información del tiempo que hace en la calle, de la ropa que tiene el de delante, o de lo que están hablando los de atrás; la publicidad se lucra bastante de este proceso, ya que muchos mensajes están preparados que se nos instalen aunque estemos pendientes de otra cosa.

De la misma manera y siguiendo el mismo proceso, nos instalamos hábitos que puede que con el tiempo no nos sean útiles, como estar nerviosos el día de un examen, sentir miedo escénico de hablar en público, o sentir ira ante ciertos acontecimientos. Por lo tanto, vemos que el mismo proceso que nos sirve para aprender, crecer y desarrollarnos, también puede servir para limitarnos a través de aprender o instalarnos hábitos que no nos son útiles. Bien sea por imitación, por lo que nos dijeron y nos creímos cuando éramos pequeños, o por experiencias vividas, aprendemos a reaccionar de una cierta manera ante una cierta situación, y esto se acaba convirtiendo en un hábito. Si además este hábito está socialmente aceptado, lo reforzamos más aún, ya que pensamos que si mucha gente reacciona así será porque es lo que hay que hacer (como sucede en los ejemplos de tener que pasarlo necesariamente mal ante un examen, cuando nos critican, o cuando perdemos a un ser querido)

Insistiendo en que para pasarlo mal hemos de hacer ciertas cosas en nuestro interior, el esfuerzo que tendríamos que hacer para estar bien, incluso en esas circunstancias que nos disparan estados negativos, sería exactamente el mismo, solo que para ello hemos de ser conscientes de lo que estamos haciendo en nuestro interior, y empezar a cambiarlo por otra acción que nos sea útil y que acabe instalándose como un hábito automático. La dificultad realmente está en tomar consciencia de lo que hacemos en nuestro interior, ya que solo con ese paso aumentamos mucho las posibilidad de modificar el hábito limitante que teníamos. El objetivo final es conseguir reaccionar de otra manera en esas mismas situaciones, a través de modificar lo que nos decimos o lo que visualizamos en nuestro interior, y cambiarlas por otras estrategias nos ayuden a estar mejor.

Fijaros que en ningún momento hemos hablado de que un hábito sea bueno o malo, ni mejor o peor, simplemente lo calificamos de útil o no, en función de los resultados obtenidos, y de nuestros objetivos (ya que puede haber un hábito que para cierta persona y cierto contexto pueda ser útil, pero para otra persona puede que no lo sea).

Raúl Soldado

Formador en Human Abilities

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